un espacio-tiempo otre

26 Abr 2018

El 6 y 7 de abril, en el Centro Social y Cultural Olga Vázquez de La Plata se desarrolló, impulsado por el colectivo Arte Al Ataque, Jauría Mutante, un festival intenso y gozoso. Leopoldo, como tantes otres, escuchó, miró, charló, bailó, se enredó y nos relata sus sentires y posiciones.


Jauría Mutante
se presentaba como un espacio de la cultura feminista y rabiosa y sin lugar a dudas así fue. Fueron dos días de la expresión más completa de una cultura subalterna que discute con las normas machistas, heteropatriarcales y capitalistas. Hubo ferias, perfos postpornos, presentación de fanzines, conversatorios sobre las problemáticas actuales, talleres de formación sobre el uso de misoprostol, mecánica de bicicleta para pibxs, autodefensa y perreo disidente. Participaron bandas locales y de otras ciudades, hubo muestras fotográficas, proyecciones y una gran fiesta mutante con cierre de Dani Umpi y Sudor Marika. El festival propuso un espacio abierto para habitar y por ello, sin haber sido parte de la organización, en lo que sigue el tono del escrito será más de participante que de simple espectador.

El evento no se pretendía como uno más de una serie, en cualquier momento y lugar. Jauría mutante no es un no-lugar. Se inscribe, por el contrario, en un contexto donde es claro, gracias a los avances de movimientos feministas y de la diversidad sexual, que esta forma política-económica capitalista y heteropatriarcal ya no va más. Claro, hay quienes siempre se privilegiaron de esta organización del sistema, por eso Jauría mutante no fue un evento para todOs, sino para les muches que cargamos en nuestras cuerpas los estigmas lacerantes de la exclusión. Tampoco se trató de un evento que reclama la inclusión en el sentido de ampliar el conjunto de privilegios. La intención fue proponer algo nuevo, visualizar y crear un espacio y un tiempo donde encontrarnxs, celebrarnxs y cuidarnxs. Un espacio y un tiempo nuestros.

Se trata de desaprender los hábitos aprendidos en ese otro espacio al que consideramos injusto y asesino. Se trata de aprender nuevas formas de ser desde la resistencia y la celebración. Se trata de entender que reinventarnos y recrearnos es una urgencia. Haciendo uso del título que llevó la mesa de debate en la que participaron las referentes y activistas Susy Shock, Val Flores y Leonor Silvestri, digo: No queremos ser más esta humanidad que nos excluye, nos limita y nos asesina. Reinventarse es un ejercicio, una práctica a la que hay que darle lugar.

Somos una potencia que no se sabe a dónde va pero tiene claro lo que no quiere ser. Una jauría imprecisa y amorfa, en pleno momento de constitución. Microprácticas de construcción y macroprácticas de deconstrucción. Pedaleamos como pibxs, perreamos como putxs, nos defendemos furiosas y, porque decidimos sobre nuestra cuerpa, abortamos. Hay muchas cosas que decir, ser clarxs, repetirlo muchas veces y en todos lados. En tiempos de eufemismos ideológicos donde reparación es recorte, sinceramiento es tarifazo, pro-vida es PRO-muerte de gestantes y la transparencia solo se da en los mercados financieros que se enriquecen con nuestra muerte, hace falta ser muy directxs, decirlo todo. Tenemos la tarea de desnudar el enmascaramiento. Desocultar y visibilizar. El otro día estuvimos apretadxs con otrxs. El Olga nos abrió sus puertas y como no queremos que se cierren también decimos: expropiación definitiva del Olga Vazquez.

La jauría se empodera a partir de una política de visibilidad, porque nuestros padeceres y desapareceres no están en ninguna estadística oficial; porque sobre la mujer, la trava, le trans, la marica y quienes no se reconocen en ninguna etiqueta se carga con mayor violencia la epopeya neoliberal.

La tarea no solo es construir un nuevo espacio sino darnos también un nuevo tiempo. Allende al sistema hay siempre una resistencia temporal, que discute con la norma. La habitualidad de los hábitos supone un tiempo muerto, progresivo e igual a sí mismo, solo a condición de repetirse se constituye en hábito y se vuelve sistemático. Por ello –entre otras cosas– el sistema impone una noción de tiempo: progresivo, lineal, monótono y siempre avanzando. Un tiempo donde cada unx vive en su tiempo y la memoria no es más que el recuerdo muerto de lo que ya pasó.

Quienes no ejercemos la sexualidad como se suponía que debíamos hacerlo, quienes nos sentamos de forma diferente a la que nos dijeron, quienes nos resistimos a tratar a otras como esclavas o ser tratadas de como tales, quienes sabemos que la pobreza es una injusticia producto de la explotación de otrxs, quienes dijimos las palabras que no se podían decir e hicimos otros usos de nuestras cuerpas pertenecemos a una clase de los siempre marginadxs. Una clase histórica y antaña que sobredetermina nuestro presente. Nuestra memoria se genera –si queremos– de la energía de la suma de nuestros sufrimientos y goces actuales con los del pasado. Una memoria sobredeterminada temporalmente de los sufrimientos y goces de los que han sido y serán marginadxs. Un sufrimiento del margen, pero también un goce al margen. Esta memoria es nuestra, esta cuerpa colectiva gozosa somos nosotrxs. Sentimos el sufrimiento de aquellxs que ya no están y celebramos sus goces, sus placeres. Hacemos nuestras sus experiencias, las modalizamos, las escuchamos y nos estremecemos. Somos lxs obrerxs expulsadxs, lxs cabecitxs negras, los pueblos originarios. Somos Diana Sacayán, Lohana Berkins, la pepa Gaitán, Luciano Arruga, Carlos Jáuregui. Somos tantas compañeras y compañeros desaparecidxs, somos tantas travas asesinadas, tantos putos masacrados, tantas mujeres acosadas, golpeadas y violadas. Somos otra cronología. Somos otra potencia.

Multisectorial, multiidentidaria, multiespacial, multitemporal, celebramos pero no desde la ingenuidad. Hacemos de la lucha una fiesta reivindicativa ¿de qué? del ejercicio de mutar, de reinventarnos para ser una mejor versión de nosotres mismes. Pero que nadie se confunda, la fiesta no es distracción. El espacio no tiene límites y nuestro tiempo no se acabó. Estamos vivas y furiosas, como siempre, como nunca antes y encima somos un montón.

Leopoldo Rueda es un filósofe marica, adoptade por la ciudad de La Plata e interesade por los cruces entre la filosofía y el arte, buscando allí claves para pensar y construir nuevas formas de entendernos y de ser en este nuestro mundo.

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