archipiélagos móviles

31 May 2018

Andrea se acercó a Casa Río, en Punta Lara, para ver de qué iba Las islas, un encuentro de grupos que trabajan en/con/sobre esas entidades enigmáticas y flotantes. Participaron proyectos de Bahía Blanca, Rosario, Buenos Aires, Tigre, isla Martín García y La Plata. Fue un fin de semana intenso, con actividades desde el sábado a la tarde hasta el domingo al final del día. Hubo una excursión al río y un acercamiento a un universo a veces olvidado. Aquí las impresiones de una visitante.

El  sábado 19 de mayo se inauguró el encuentro Las Islas en Casa Río, en Villa del Plata (Punta Lara). El evento ya estaba agendado desde hacía mucho tiempo: Dani Lorenzo, organizador del mismo, se las ingenia muy bien para transmitir su entusiasmo. Un entusiasmo al que le tengo confianza ciega. ¿De qué se trataba esa Casa Río, con ese nombre tan sugestivo, tan cerca del agua y la poesía? Crucé todo el camino a Punta Lara con una enorme expectativa: por fin iba a conocer la isla de Dani, la que lo convirtió en avistador/nomenclador/señalador en Google maps. Esa travesía seguramente se hará el domingo, pensé muy equivocadamente.

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Lo primero que me impactó al entrar a Casa Río fue la multiplicidad de propuestas y no saber por dónde empezar, porque cada espacio recortado tenía su buena fuerza de atracción. Así opté por un recorrido general, un primer pantallazo –eso, mucha pantalla, mucha visualidad, mucha agua–. Y el agua es movimiento, así que ahí estaba, dispuesta a desplazarme, a fluir.

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En la primera estación pisé tierra firme: el trabajo de Fabiana Di Luca y Juan Bautista Duizeide, Luna Llena, una isla taller que dio el puntapié inicial con el “Proyecto Orillas” en La Fabriquera, en 2013. A los álbumes de fotos y textos, las serigrafías y los libros de distintos autores enamorados del río –Haroldo Conti, siempre presente–, se sumaban las ediciones artesanales de Sirga y reclamos vigentes anclados en esta difícil y preocupante realidad: “¿Dónde está Santiago Maldonado?” – “No al cierre de las escuelas isleñas” – “No al 2×1” – “Son 30.000”.

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Seguí con el Proyecto Martín García. La instalación Inventario de la naturaleza de Lucila Guerrero me fascinó. Impresiones vegetales sobre cerámica: la hoja del ricino, del chah-chal, del aguaribay, delicias visuales. A un costado, la proyección de otro trabajo del Proyecto: la primera repatriación de un adoquín a la Isla Martín García, extraído de sus canteras durante los siglos XIX y XX, parte de los millones que adoquinaron la ciudad de Buenos Aires. Repatriar un adoquín, eso sí que me dejó perpleja. Javier Barrio presentaba el proyecto y preguntaba quiénes conocían la isla, mientras se lo veía proyectado en la pantalla, con una bandera que decía Argirópolis, la ciudad/capital que imaginó Sarmiento en la isla. Otra vez la política y el arte entreverados en un territorio que es reserva natural y que fue prisión de Perón en el ´45. Alojamiento de la panadería que hace un pan dulce de película, un museo, un lazareto, un cementerio. Arte, Historia, Política. ¿Desde cuántas ópticas se puede refundar una isla? ¿Es posible transformar el universo de Martín García en un multiverso?

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Al entrar a Casa Río, había visto unas telas de colores, que hacían de techo… o de bandera. Volví al lugar para ver. Se trataba del Proyecto de Las Thigras (Ximena Pereyra y Silvina Amoy) y Bandera de Agua (Leo Estol y Lucas Cánepa), que se había desarrollado en la Isla Charigüe, Victoria (Entre Ríos), en una residencia. Lo performático aparecía en primer plano. Al contar la experiencia, resonaron preguntas: ¿Cómo se pone el cuerpo en otros territorios/temperaturas/vínculos? ¿Qué puede un cuerpo en un humedal? ¿Qué imprimen en los cuerpos los lazos isleros? ¿Cómo respira el cuerpo cuando se involucra, se enchastra, se contagia?

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Seguía llegando gente a la Casa, se sucedían los abrazos y las conversaciones. Afuera, el reflejo de la luna en la pileta, el fogón iluminando algarabías varias y un guiso por venir.

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Entré a la casa con un vaso de vino que me convidó Alejandro Meitin, mentor del espacio. Me esperaba el Proyecto Isla Invisible –un proyecto relacionado a Ferrowhite Museo Taller (Ingeniero White, Bahía Blanca)–. De refilón había visto un banco de madera en miniatura, sobre un diminuto montículo de tierra. Cerquita, repisas con unos fósiles. Más allá un cuaderno con registros visuales, Anotaciones ilustradas, encantador. Nada era finalmente invisible. Desde el proyecto se preguntaban por esas operaciones que condicionan nuestras miradas. En una pantalla se veía la silueta de unos pájaros volando recortada sobre unas luces potentes. Una imagen surreal, mezcla rara entre Hitchcock y Carpenter. Son las gaviotas cangrejeras –contó Agustín Rodríguez–. Y agregó que las luces del polo industrial convierten en día a la noche y a las aves, en seres insomnes.

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Con toda esa deriva nocturna a flor de piel llegué al trabajo de Dani. La isla que queda cerca de casa, Isla Utopía (Ensenada). Una travesía en kayak junto a Nico Freda se proyectaba en otra pantalla. Una mesa con más libros (Stevenson, Verne, Moro, entre otros). Y un menú impresionante de audios sobre Paisajes. Escuché varios ¡qué genialidad! Cómo la isla Utopía se iba poblando de paisajes narrados. Dani es un crack. Un alquimista. Hizo de su deseo una isla y de esa isla, un flamante territorio nacido a la multiplicidad.

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El domingo, caminata bajo el sol y las palabras-guía de Alejandro. Nos contó sobre la zona portuaria y la ensenada, que ya casi no existe como accidente geográfico; del 17 de octubre de 1945, nacido en Berisso; de la amenaza del Almirante Rojas de volar la destilería de YPF en el ‘55; del río con hábitos de mar; de la selva subtropical más austral del mundo. El camino desenvolvía arces, moras, ligustros, fresnos, cipreses, álamos y sauces. El almuerzo en la casa de Sandra, productora de plantas y saberes locales. Por las calles, familias pescando, perros ladradores, flores comestibles, el asadito casi listo. Domingo en el río, el libro sesentoso de Bernardo Kordon, me visitó en la isla. Algo de paisajes olvidados y ocultos, de secretos que se develan. Al regresar a Casa Río, Sebastián Russo leyó fragmentos de La parva muerte o la memoria de los otros, su último libro: “… La certeza del río, de su fluir perpetuo. Siempre allí. Luego de la ferocidad, volverá la calma. Estuvo antes. Nos sobrevivirá…”

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Dos jornadas intensas, donde cada uno, como una isla en su individualidad, se transformó en archipiélago, un archipiélago móvil, cambiante, abierto a la afectación, al intercambio, al aprendizaje. A las investigaciones artísticas de los humedales, las rías, las islas, los cuerpos. Y un archipiélago es como una constelación, forma sentido. Un sentido dado por la apuesta, la entrega, el entusiasmo, el compromiso con el entorno, la deriva, la creatividad. Apuesta: poner, dar, entregar, arriesgar, estar para/con/en los otros. Eso es lo que llamo un verdadero encuentro.

 

Andrea Suárez Córica (La Plata,1966), mamá de Rocío y Juan Manuel, artista visual, espigadora urbana, naturalista. Publiqué libros de poemas y sueños. Coordino el INVa, Instituto Nacional de las Variaciones y llevo el Bosque Ambulante a las escuelas. En 2015 participé del Club de Constructores. Me encanta hacer permanentemente y escribir sobre lo que hago. Amo a Agnés Varda y cuando sea más grande que ahora, quiero ser como ella. Hoy estoy preparando una nueva muestra de Arbórea, un trabajo infinito sobre el potencial poético de los árboles.

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