una nota al pie de la casa

02 May 2019

Matías asistió a “Tallar mil palabras en las nubes”, en una zona retirada de La Plata, donde fue al encuentro de Los Campitos. La exposición lo invitó a desplazarse del cuadrado y lo expuso al estar afuera, entre pajonales, una casa anegada, evocaciones de infancia, recuerdos de citroens, bananas splits e imaginarios que nos generan confusión, pavor y femifuria volcán.

No soy artista, crítico, ni mucho menos espectador sistemático, pero acá estoy, intentando ordenar las imágenes que atesoro de esa noche, bosquejando algún intento de comprensión o lectura personal de las mismas, y dejando abierta una puerta para los diálogos y otras reflexiones.

Partamos entonces hacia 160 y 470, donde se localiza Los Campitos, la casa taller de Juan Pablo Rosset y Julia Zingoni, vieja zona de Los Porteños en City Bell. Allá solía ir de joven con el Citroën 3CV y medio cajón de cerveza a yirar entre quintas y descampados. Hoy el paisaje es otro: alterna incipientes urbanizaciones y locales de servicios varios. El camino secundario de la 160 se aleja lentamente de las luces de la calle 11 y nos mete de a poco en la oscuridad del campo, la temperatura baja, cae ese rocío de cielos abiertos. Dejamos el auto en la calle y entramos caminando a la locación hasta chocarnos con la casa.

 

Una casa, un misterio

Una casa es como el marco de un cuadro, que separa lo que está dentro de lo que queda fuera. Al levantar una pared, como al enmarcar un lienzo, damos un sentido a los elementos que encerramos, rompiendo la continuidad con el exterior. Poner un marco, como construir una casa, es encerrar un sentido. Aquí la casa es infranqueable, se cierra sobre sí misma, inmutable. Dialoga con el entorno, pero no dice nada sobre sí. ¿Quién la habita? ¿Qué se hace ahí dentro? ¿Está sucediendo algo? ¿Qué secreto alberga? Nos da pistas, pero no son vestigios de algo que deberíamos develar, sino indicios de lo que pasa afuera. La casa no dice nada de sí pero se viste de signos e intervenciones en sus paredes y aberturas. La puerta ventana intervenida por Ro Sibecas e Ignacio Buendia estaba cubierta por unos plásticos blanquecinos que dejaban entrever una pista vacía: luces y sonidos donde cantan Joyaz y Nacho Marciano. Sobre una pared, una proyección nos muestra el proceso de producción de una pintura de Agustín Sirai. En el frente, otra puerta ventana exhibe un enorme muñecote de plumerillos con ojos de neón de Mariela Vita y Gabriel Colasurdo (de alguna manera esta escultura me recuerda a un personaje del Banana Splits TV Show, setentoso programa de animación infantil). Pero a pesar de estos signos, la casa permanece inmutable, quizás justamente porque tiene las ventanas clausuradas.

Una ventana no es una puerta. La puerta da paso, invita a franquearla, enfatizando una continuidad que nuestro acto expresa en la operación de abrirla para entrar o salir. Si pasamos por la puerta es porque de alguna manera entendemos la continuidad entre el afuera y el adentro. Las ventanas, por el contrario, están para ser escrutadas, para ver hacia fuera o chusmear hacia dentro. Y usamos verbos distintos (ver/chusmear) porque la ventana tiene una dirección permitida (hacia fuera). Asomarse hacia adentro es un acto de indiscreción. Salvo que la ventana sea vitrina, y entonces la intimidad se trastoca en mercancía.

Pero aquí las ventanas no funcionan como tales, nadie se asoma, están bloqueadas por imágenes. La imagen es la nueva mercancía que clausura la permeabilidad de la intimidad. Las imágenes aquí nos bloquean, nos excluyen, nos abandonan a la intemperie de la noche fría y desolada de Los Porteños. Arrojados entonces al mundo externo, los visitantes de esa casa inmutable vagamos por el campo, desangelados.

En una de las ventanas, una habitación oscura, un pasillo, no se distingue bien. Un cartel de led instalado por Javier Samaniego nos dice en una banda circular de letras rojas “ESTO ES UN TESTIMONIO DE FE DEVOTA”. Y con esa convicción nos lanzamos al campo.

 

Vamos al campo

Afuera se replica miméticamente aquella ingeniería ocluida, pero que aquí se abre a nuestro andar. Sobre el terreno agreste la instalación de Juan Pablo Rosset, Gonzalo García Olivares, Facundo Cardoso y Fran Carranza bosqueja la planta de la casa dos veces con cortes de pasto y unas cañas longilíneas que elevan el plano hacia el infinito cielo nocturno. Desde este plano vegetal se abre un camino marcado por la poda de los pajonales, por nuevas cañas que escoltan la caminata y esporádicos montículos de hierba recién cortada.

En el camino, dos obras. Una instalación de Valentín Asprella donde una luz cenital señala un gran montículo de pasto del cual salen sonidos confusos, ¿diálogos? Se hace imposible escuchar bien, una conversación de dos jóvenes en el banco aledaño y el atronador (sí, atronador) sonido de las ranas lo impiden. Las ranas, el pajonal, los cardos que demarcan lo que parece ser el fin del terreno. En lo personal, me invaden reminiscencias de los suburbios de la infancia, el campito por el que salíamos a correr, a pescar ranas, a revolcarnos indiferentes. La casa obra, que me había expulsado para arrojarme a la intemperie de la noche comienza a alojarme. La noche fría desangelada provoca una cita con otras noches arcaicas. Aquel camino que había recorrido en mi juventud se ata en este túnel del tiempo con los baldíos de la infancia y la instalación actual creando un espacio más allá del espacio físico.

Al final del camino encontramos una pintura de Agustín Sirai, una cita del proceso de producción que hace instantes veíamos proyectado en la pared y una señal que nos marca el camino de regreso a la casa.

Así, a lo largo del recorrido encontramos las referencias de las citas que había en la casa. El campo como nota al pie para pensar la casa. La casa misterio que expulsa al campo. El campo frío que acoge y remite a campos ya pasados. Por ese camino llegamos al fuego.

 

Dame fuego

Finalmente la manada de espectadores encuentra su refugio alrededor del fuego. El espacio central del campito se abre entonces para abrigarnos, sentarnos entre la sugerente iluminación, compartiendo unas cervezas y unas pizzas. El aroma a levaduras birreras y pizzeras sumadas a la fogata pensada y coordinada por Pablo León y Julia Zingoni hacen hogar.

El fuego, pensaba Freud, es el símbolo más fuerte de nuestro ser cultura, pues para dominar el fuego el hombre debió resignar el instinto primario de apagar la llama orinando sobre ella. De tal manera, el fuego expresa al mismo tiempo la potencia del hombre sobre la naturaleza como el recuerdo permanente de que a algo tuvimos que renunciar para pasar a la cultura. Y sube la apuesta sosteniendo que, “además, se habría encomendado a la mujer el cuidado del fuego aprisionado en el hogar, pues su constitución anatómica le impide ceder a la placentera tentación de extinguirlo”. Así, la tríada fuego-hogar-madre nos saca nuevamente de la naturaleza en una síntesis de potencia y renuncia.

Aquí acaba el recorrido, todes reunides alrededor de este enorme signo de nuestra potencia e incompletitud. El signo que nos dice que no es posible develar todos los signos, que la casa seguirá siendo inescrutable pues solo resignando la posibilidad de develar su misterio, sólo entendiendo que es eso, un misterio, podremos efectivamente ser humanos.

 

Diálogos

El fuego arde y ese ardor ¿qué busca quemar? El fuego convoca, cobija e ilumina preguntas: ¿Qué es esta casa-taller-sueño-colectivo encerrado inmutable entre noveles urbanizaciones? La deriva en Los Campitos confrontó en mí los suburbios pasados con las urbanizaciones presentes. Una casa que dialoga con su planta natural como las urbanizaciones dialogan con su pasado suburbano. Donde había campos, quintas y quinteros, hoy hay barrios, calles y alambrados. Estas construcciones, como la casa misterio, nos expulsan a un campo cada vez más cercado y asfixiado. Pero el recorrido que propone Tallar mil palabras en las nubes guarda un final colectivo y ardiente.

 

Matías Manuele. Platense, sociólogo, docente, empleado público, militante en derechos humanos.