un grito que despabile

29 Jul 2019

Daniela Leoni entró –por primera vez en cuatro años de residencia platense– al Teatro Argentino. Resistiendo la tentación de perderse en los pasillos oscuros, buscó el camino hasta el subsuelo en que inauguraba «Hartxs 2020». Se sumergió entre palmeras, afiches políticos, osos de peluche y refugios improvisados para bucear hacia recuerdos de infancia y preguntas sobre futuros posibles, en una suerte de nostalgia centennial

 

Es viernes en La Plata y, como ocurre habitualmente cuando llega el fin de semana, una o varias exposiciones se inauguran en la ciudad. En esta ocasión, me encuentro yendo –he de confesar que por primera vez– al Teatro Argentino. Incontables son las ocasiones en las que pasé por delante del edificio y, después de vivir algunos años en esta ciudad, su historia y su estructura ya se me hacen familiares. Sin embargo, hoy la cita es adentro, en el subsuelo: Hartxs 2020.

Decidida a llegar sin preguntar y superada la tentación de recorrer esos pasillos desconocidos, voy siguiendo carteles improvisados que como migajas de pan me guían hasta la sala de la exposición. Me acuerdo de que en grandes museos de arte también hay indicaciones para que los visitantes puedan encontrar fácilmente las obras famosas y la comparación me divierte. Me quedo pensando en museos, pero el espacio que me recibe dista mucho de esa idea que asaltó mi mente. En las antípodas del cubo blanco, un espacio oscuro habitado por una multitud de espectadores se abre ante mí. Las obras se alzan como faros entre un mar de personas. Como buena amante de los textos y los souvenirs, tomo uno de los volantes que se ofrecen a la entrada. Trato de leerlo pero las luces danzan esquivas según el movimiento de la gente y, bajo un sol artificial que me llama, decido sumergirme en la marea y emprender mi propio camino. 

Me acerco a una playa. Una cinta me bloquea el paso y desde los bordes de la instalación descubro un paraíso para descansar, a la vez prometido y negado, un paisaje ominoso que, hermanando pasado con presente, se proyecta al futuro. Hartxs 2020 se repite como slogan político en una pegatina que se vislumbra por detrás de las palmeras. Por momentos, la música que parte de la obra inunda la sala. Los antiguos éxitos del verano me transportan a mi niñez. Para el mundo, primer año de un nuevo siglo, de un nuevo milenio. Todo el futuro por delante. Para mí, primer año de escuela y tener que dejar mi canguro de peluche en casa. Me encuentro de nuevo en la sala resistiendo las ganas de abrazar a Timosito, oso enorme que atisbo como hipérbole de la protección y el consuelo, pero también como metáfora de una inocencia remendada y sobreviviente. Infancia y crisis. Una misma generación –la mía, la de les artistas y la de muches de les visitantes– atravesada por recuerdos agridulces. ¿Cuántos caramelos compraba con dos pesos? ¿Dónde estaba cuando vi la caída de las dos torres? ¿Quién me explicó lo que era un cacerolazo?

Pienso en todo lo que no entendía porque era chica. Pienso en todo lo que ahora entiendo y el miedo parece inevitable. ¿Todo el futuro por delante? En la exposición, una frase se completa al término de una performance: “Hartx de tener miedo, de ahí nace mi coraje”. Contra el temor paralizante y la comodidad del no querer ver, Hartxs 2020 busca ser un grito que despabile, arenga que acompaña y da fuerzas para seguir. Hago mía esta consigna y continúo mi recorrido. Voy llegando al final y me encuentro, entre las luces tenues y el humo, con una suerte de refugio. A diferencia de la playa, artificialidad enmascarada de una realidad ajena, la endeble estructura frente a mí se presenta sin artilugios. Veo plástico y veo burbujas pero me pierdo entre las transparencias del material y otro recuerdo me asalta. Un fuerte levantado entre primas, con sábanas, con bolsas, con lo que haya al alcance de la mano. Un hogar hecho a medida para imaginar futuros propios se opone al sueño de un paraíso prefabricado. 

Termino mi camino entre las obras. Un trazado irregular, interrumpido, compartido y construido entre amigues y compañeres. De a ratos mi mente se escapa otra vez para vagar entre textos y memorias. Una pregunta lanzada hace tiempo por una poeta resuena en mí. ¿Qué hacer con el miedo? Me voy con la idea de que Hartxs 2020 es un empujón para ponerse en campaña y buscar respuestas a tamaño interrogante.

 

Daniela Leoni es bahiense a regañadientes. Desde 2015, vive y estudia en La Plata. Actualmente se encuentra terminando la carrera de Historia de las Artes (FBA-UNLP) e incursionando en la investigación. En algún momento hizo fanzines y anda con ganas de retomarlos.