lo oculto desoculto

29 Ago 2019

Mientras lxs trabajadorxs del Teatro Argentino de La Plata se encuentran en alerta y organizadxs frente al abandono, la paralización de funciones y la subejecución de presupuesto –hace ya varios años– para la “puesta en valor” de la gran mole, en la sala TACEC se llevó adelante una residencia artística. Luego de tres meses de trabajo, el viernes 16 de agosto se puso en escena lo realizado. Ana Clara pasó por ahí y cuenta cómo vivió esa noche y la propuesta de lxs resistentes, ups, perdón… de lxs residentes.

Desde las 19:30 hasta las 21 hs, mientras nos esparcíamos por los alrededores del TACEC haciendo tiempo para que llegara el momento de entrar a la función, F. y yo nos metimos en un café, en la esquina. Pedimos lo más barato, solo queríamos contarnos cosas. Yo quería hablar de algo oculto, algo que debía estar muy oculto y aparentemente se había desocultado. Intentaba que ninguna persona que no fuera F. escuchara mi relato de la situación, dado que pretendía seguir manteniendo velado, lo más que pudiera, el tema en cuestión. No paraban de ingresar instrumentos cada vez más grandes dentro del bar, que se preparaba para un concierto de jazz. Por momentos las pruebas de sonido fluctuaban sus volúmenes y yo me aterraba con la posibilidad de que la gente de la mesa de al lado estuviera escuchando mi relato. Entonces decidimos salir. Nos sentamos a media cuadra del Teatro Argentino. La calle parecía ser el lugar más seguro para hablar de cosas ocultas. 

No me imaginé que después de mi relato sobre Lo Oculto Que Se Desocultó pudiera venir un relato aún más complejo. Estábamos en un momento tenso de la conversación, pero ya eran las 20:55. Suspendimos abruptamente la charla y nos acercamos para intentar entrar a Hacer un pozo

La función empezaba a las 21. Fuimos a las 19:30 a buscar entradas anticipadas pero se habían agotado 15 minutos antes. Nos quedamos por ahí, charlando con lxs otrxs SinEntrada, con esa esperanza de que “quizás alguien se baja, quizás luego abren”. Sin embargo, esas demoras en las que mendigo un cupo o digo mi apellido para ver si estoy en una lista –haciéndole perder tiempo a la persona que con su linterna apunta todos los apellidos que empiezan con D y me responde “mmm, no”– no suelen tener sentido. “Ya fue, nosotras nos vamos a tomar una birra”, me dicen dos. 

Nos reímos un poco y suponemos, por algunas respuestas absurdas de la gente de la entrada, que es todo una performance. Así es el arte contemporáneo, ¿o no? Probablemente nos están filmando y entonces, en realidad, nadie tiene entrada y ya estamos adentro, estando afuera, participando de la obra que, en realidad, por ahí, seríamos nosotrxs, puestxs a prueba, a ver si hacemos bardo. Pero esa hipótesis se derrumba cuando la chica de la entrada vocifera que están por arrancar, que quienes tienen entrada pasen ya. Veo a una pareja con la que estaba hablando 2 minutos antes, que había conseguido una sola entrada. Ellxs son dos, y ellxs sí que son muy leales: o lxs dos o ningunx. Yo no pienso en ninguna lealtad, como en la historia de Lo Oculto, y me muestro interesada en ese papelucho. No llegué a despedirme de nadie de lxs que estaban afuera y entré. 

Ya adentro de la sala me sentí culpable cuando, desde un grupo de whatsapp, en el que minutos antes yo avisaba que no había más entradas y que éramos muchxs en esa situación, al avisar ahora que había conseguido una entrada me preguntaron: “¿y el resto?” 

Creo que en ese momento empezó a caer la tierra del techo. Casi imperceptible, grano a grano, desde el techo, caía tierra. ¿Se desmoronaba el edificio? ¿mis principios? en el medio de la sala. No lo digo por la entrada, eso era un detalle. 

Suceden unas experiencias mágicas alrededor de lo escénico cuando voy a ver(?) teatro(?), por lo menos para mí. Dudo que sea casualidad, dado que siempre, pero siempre, hay algo de la vida que se representa en el cómo y el qué de lo que sucede. Y ahí estaba: todo el relato de Lo Oculto representado en esa tierra que se escurría tan lentamente que casi no se notaba, pero que cada vez manchaba más y más de negro el piso blanco. 

Lxs intérpretes de Hacer un pozo vestían los colores del teatro. Color arena y color humedad del cemento. Color oxidado y color sobra de algo profundo. Color cable de alta tensión sucio, y color rojo pasado por un pasillo sin luz. 

En el TACEC siempre tengo la sensación de que todxs estamos actuando. Mientras caía la tierra imaginé que las luces eran cámaras y –para dejar de pensar en Lo Oculto, que seguía y seguía cayendo del techo– volví a la hipótesis del público-obra: empecé a imaginar que las luces de la sala eran filmadoras y que en algún momento de la obra iban a mostrar nuestras expresiones y movimientos ínfimos de la espera, del desconcierto, de lo que (no) empieza. 

Alguien empezó a bajar una escalerita, el primer cuerpo humano en escena de forma explícita. Aunque el sonido y la escena de ese cuerpo descendiendo lentamente acaparaban nuestra atención, la mía no podía eludir aquello que había comenzado a desmoronarse, formando un círculo de tierra en el medio de la sala, y que parecía que ya no iba a parar nunca. El tiempo estaba largo y viscoso. 

No voy a contar todo lo que pasó. Nunca querría hacerlo. ¿Por qué corren? ¿A dónde van? ¿De quién se escapan? ¿Quién se enteró? ¿Quién falta? ¿Qué es lo que se me está derrumbando ahora? ¿Qué hace ese cuerpo de cabeza en la otra escalera? ¿Cada cuánto se actualiza una obra antes de ser presentada? 

Había un péndulo humano que era muy juguetón. Cuando se balanceaba en el aire sosteniendo su cuerpo solo con sus manos por los extremos de la escalera, no me juzgaba. 

Cuando el cuerpo vestido con telas verdes como el Río de la Plata navegado por la tarde subió la escalera, y vi cómo la cola de tela, de varios metros de eslora, rebotaba y flameaba en cada escalón, me recordé en un barco. 

Todo me hablaba de Lo Oculto. ¿De qué les hablaría a todxs lxs demás del grupo de lxs ConEntrada que pudieron ingresar a ver la función? 

El cuerpo de pollera color rojo pasado por un pasillo sin luz empezó a hablar. Nos hablaba a nosotrxs, que éramos Lo Oculto, hasta ahora. 

“La gente de iluminación no va a colaborar”, nos cuentan. Está todo mal. La situación laboral del teatro se desmorona también y en el centro de la sala ya hay una montaña de tierra. 

Nos pide que nos imaginemos los tipos de luces que podrían estar haciendo esos faroles profesionales, que hoy no se van a prender y con los cuales había sido planeada la función. Nos pide que bajemos a la parte donde ellxs antes caminaban, penduleaban, corrían, navegaban, se caían y danzaban. 

Bajamos y orbitamos alrededor de la montaña de Lo Ahora Desmoronado. Algunxs se animan a tocar la tierra. Lxs intérpretes se ubican en la parte superior de la sala y pliegan violentamente las gradas en las que antes estábamos sentadxs. Leen un texto: la función no era solo eso, lo que habían preparado durante tres meses de residencia artística se estaba abortando, poéticamente, como medida de acompañamiento y adhesión a la problemática de todxs lxs trabajadorxs del Teatro Argentino que ya hace meses que es color marrón frío, gris sin función, violáceo desmantelado. 

Aplaudimos. Me fui acelerada. Llamé a F. Nos contamos algunas fantasías y me volví a mi casa, a procesar, moler, tamizar la tierra que se escurre, no para de caer, sigue cayendo, tan suave que ni se escucha, de mi propio techo. 

 

Ana Clara D’Amico. Forma parte de varios colectivos de pensamiento y producción. Actualmente se encuentra trabajando en distintos proyectos en torno a la traducción, la visualidad no retinal, la cerámica y la literatura. Le gusta mucho navegar.