lavar y develar

21 Jul 2016

En el sótano de La Toma –cooperativa formada por los empleados del ex supermercado El Tigre tras su quiebra en 2001– funciona un Centro Cultural. Allí inauguró el 16 de junio la muestra Lavar, de David Berardo.

Ingreso al recinto por los pasillos hasta llegar al pie de la escalera que baja al sótano. Mientras desciendo escucho el sonido de agua cayendo –¿o siendo agitada?–. La primera impresión es que las luces están apagadas. Pero no, la luz es tenue. El ambiente está iluminado por las proyecciones, tres en total, que se reproducen en conjunto ocupando dos de las paredes del recinto. En el centro y bajo el único foco de luz, un montículo de tierra.

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Transitamos el espacio. Nos enfrentamos a la obra. Antes o después, comienza el diálogo. Me gusta pensar que cuando intentamos abordar una obra de arte nos situamos frente a ella en forma de pregunta. La interrogamos. ¿Qué es?, ¿qué hace?, ¿cómo está realizada y por qué?, ¿qué sentidos busca producir y cómo?, ¿para qué está hecha?, ¿para quienes? –la lista podría extenderse hasta el infinito–. La interpelamos, buscamos convertirla en respuesta. La obra, tan poderosa como esquiva, se resiste a nuestra necesidad de convertirla en respuesta definitiva y encuentra el modo de volverse pregunta nuevamente. En este vaivén entre espectador y obra se da ese hermoso acto capaz de despertar en nosotros nuevos modos de ver y de transitar lo cotidiano. Entre las infinitas formas que puede adoptar este particular tipo de diálogo existen aquellas en las cuales el artista busca revelar, descubrir ciertas zonas de la realidad que por cuestiones de poder se hallan ocultas o se nos presentan como naturalizadas. Las condiciones que el mismo establece a la hora de producirla permiten que la obra pueda respondernos visibilizando y poniendo en circulación esa información.

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  1. Me detengo frente al primer video: “Río Paraná”. Mirada romántica de paleta nostálgica de un río, nuestro río. Le hablo a la obra:

– El agua, ¿está quieta o se mueve?, ¿es siempre la misma?, ¿hace cuánto tiempo está esa ahí esa masa de río? Un horizonte naranja de sombras violetas que nos une como humanos ante cualquier amanecer, frente a cualquier masa de agua. Pero este horizonte es nuestro, local, rosarino. ¿En qué momentos aparecen estos atardeceres en la historia del arte?, ¿qué tienen en común con la puesta que veo frente a mis ojos?, cuando estoy parada un día cualquiera en la barranca, frente al río, ¿lo veo de esos colores, de esa forma?

La obra me mira en silencio y sigue mostrando las pequeñas olas que es capaz de hacer un río. En naranjas y violetas.

  1. Continúo hacia la siguiente proyección. “Estamos juntos, en la prisión”. Un video, cuatro vistas simultáneas, el puerto, otra vez el río. Pero esta vez mediado por la máquina. O quizá sería más apropiado decir las máquinas. Las del puerto, ejecutando tareas junto al río, y las del puerto, ejecutando tareas de vigilancia. Ya no estoy frente a digitalizaciones de súper 8 como en la proyección anterior, sino a videos de cámaras de vigilancia. Debajo de cada uno figura fecha y hora, en la parte superior, lugar. Ya no hay tonalidades naranjas ni violetas que tiñan al río. Espero un momento para preguntar. ¿Qué hay para preguntar acá? La información está frente a mis ojos. Intuyo que hay algo queriendo ser visibilizado y, sin embargo, todo parece suceder de manera natural. Bueno, natural natural sería el río sin todas esas operaciones y maquinarias incidiendo en el mismo. Natural, con sus coloraciones y todo, es el río en el video anterior. Pregunto:

– ¿Qué operaciones están realizando estas máquinas (las portuarias y las de vigilancia)?, ¿por qué fueron estos videos trasladados a una sala de exposiciones?, ¿qué procesos pretende visibilizar el artista?, ¿por qué no puedo ver? Quizá porque las acciones realizadas por las máquinas parecen ser ejecutadas como si formaran parte de una coreografía periódica, una rutina. El río está apenas a unas cuadras de mi casa. El puerto, a un par más. Forman parte de la vida y el paisaje de nuestros días. Y sin embargo, no puedo descartar esa aparente brutalidad en los hechos que observo. ¿Qué tensiones hay entre lo cotidiano y lo violento?, ¿en qué momento se vuelve invisible lo visible?, ¿por qué? Parada frente al video, ¿a quiénes estoy vigilando?, ¿soy yo la que vigila? Lo dudo. Espero.

  1. Esta vez parece que la obra me hubiera respondido antes de que preguntara. Un poco desorientada por la inversión del diálogo, continúo mi recorrido. Me paro frente a las dos obras que completan la muestra: “Son un plomo, se llevan la plata y nos dejan zinc nada”, proyectada sobre la pared y, en el suelo, “Montaña”. Para poder ver el video, debo pararme a una distancia considerable que deja a la segunda obra a mis pies, bajo un foco de luz. La pregunta antes de la obra: ¿cuál observo primero? Intuyo que esta vez en el diálogo somos tres. Leo palabras en un gráfico frente al cúmulo de tierra a mis pies: máquina > control > (+)desinfor frente a cuerpo > resistencia. Están escritas con el mismo material que el montículo a su lado. No es tierra. No necesito preguntarlo. Ya he usado mineral de hierro para hacer pátinas hace años. Alzo la vista hacia el video. De allí venía el sonido. El cuerpo vuelve a aparecer, no por medio de su enunciación, sino por su presencia. El cuerpo desnudo en contacto con el agua de una bañera, junto a las plantas que inundan un patio cerrado. Un cuerpo desnudo, una máquina, un cuadro sinóptico, un montículo de algún mineral, el río.

– ¿Cuánto puede un cuerpo?, ¿cuánta violencia hay en lo que se percibe como cotidiano?, ¿y en lo que no se percibe?, ¿qué distancias hay entre una máquina y la piel?, ¿hasta dónde somos dueños de la naturaleza?, ¿y de nosotros?, ¿cuánto de local hay en nuestro río y cuánto de ajeno?, ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo?

Las obras en conjunto, tan serenas como potentes, son respuesta desde antes de que yo llegue a formularme las preguntas. Pienso en el río. De algún modo la referencia se refuerza.

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Retomemos entonces algunas de las preguntas que movilizan el diálogo. Existe una clase en particular que, no por apelar a la funcionalidad del arte, es menos válida: ¿para qué? O, si se quiere, ¿por qué? Quizá algunos productores que transitan los vínculos entre el arte y la política dispongan de instrumentos para responderlo. En la actualidad, los sectores de gran poder de nuestra sociedad buscan –y no pocas veces, logran– mantener al individuo en shock constante. El problema no reside en que la información sobre los hechos no circule, sino en la capacidad que tienen los sujetos de poder incorporarla y decodificarla a consciencia. Vivimos bombardeados con un caudal de información e imágenes que no nos permite una lectura crítica de los hechos; absorbemos y descartamos datos con gran rapidez o los naturalizamos en el cotidiano con una facilidad violenta. Siendo conscientes de este estado de situación, la pregunta que necesariamente debemos hacernos es cómo: cómo desocultar, cómo develar, cómo desnaturalizar. El arte surge como una respuesta viable, un instrumento cargado de potencia. Habilita nuevas interpretaciones de la realidad –la vuelve real–, a la vez que busca incidir en ella, proporcionando modos de visibilizar lo invisibilizado. Posee la capacidad de irrumpir en lo cotidiano, de posibilitar nuevas lecturas de cuestiones instaladas en el sentido común. Nos enfrenta con la información cara a cara, nos sacude el cuerpo.

Rocío de Zavaleta: Nacida en Rosario en 1988. Es Profesora en el curso Arte contemporáneo: investigación y producción en la Universidad Abierta para Adultos Mayores de la UNR y estudiante del Profesorado en Bellas Artes de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Participa del colectivo de talleres en la Unidad Penal N°3 La Bemba del Sur. De 2013 a la fecha participó de SUBescuela, grupo de educación horizontal y gestión en arte contemporáneo. En la actualidad coordina un Taller que liga el dibujo, la indumentaria y la Historia del Arte y participa de la convocatoria Un Día en el museo Castagnino-Macro.