hay un cuerpo que cose

14 Sep 2017

Pasé por el Museo Provincial de Bellas Artes a ver la muestra, pero me dijeron “Vas a tener que esperar, la perfo arranca en media hora”. Me quedé impactada con lo que vi: una chica cosiendo contrarreloj, destiñendo con lavandina la prenda y su piel, gastando su cuerpo en la danza del trabajo… ¡la vida misma!

Un telón de jean cubre el frente de la puesta. De atrás, una chica con una tijera recorta una silueta en la tela y nos permite ver la escena: una máquina de coser y otros elementos de costura. Se sienta y empieza a coser.
“Lejos de los abundantes ensayos sobre género, este es un ensayo de mujeres que tratan de recuperar el cuerpo vestido” propone Ensayo Alcalino, la performance de Daniela Camezzana y Clara Tapia que pasó por la sala Microespacio del Museo de Bellas Artes Emilio Pettoruti (del 16 al 23 de abril de 2015), como parte de un ciclo de performance.
Sensación extraña la de entrar en el ritmo de la costura: como un loop donde la aguja atraviesa la tela llega al final de la prenda y vuelve, llega al final y vuelve. Necesidad de entender qué está confeccionando pero sin llegar a descubrirlo. La música y sus efectos con dj en vivo ayudan a relajar y dejarse llevar sin cuestionar tanto. Pero a los minutos nuevamente, “¿de qué se trata? ¿qué está cosiendo?”. Y el loop que sigue y se mezcla con los sonidos de máquinas de coser y tijeras hasta que, de pronto, termina.
Se desviste y al ponérselo devela la incógnita: un vestido de jean corto adelante largo atrás con un calce justo para su cuerpo y un estilo sorprendente para haberlo realizado en tan solo 20 minutos.
Toma una bandeja con frasquitos llenos de líquido y comienza a tirarse el contenido de ellos en el vestido. Esta vez acepto no entender y dejarme llevar por la intensidad de la mano que lo tira y los movimientos corporales que ayudan a que el líquido llegue a los extremos del vestido. Y así el jean se va destiñendo al estilo nevado: lleno de rayas y manchas blancas. Se lo saca, lo cuelga en una percha y se va.
He aquí la propuesta de Ensayo Alcalino: llevarnos al ámbito de la producción, del proceso de creación de la prenda, atravesada por el cuerpo que lo hace a su medida. Pero también la puesta nos hace reflexionar sobre los límites entre el arte y la realidad. Y justamente, la artista serbia Marina Abramovic, la llamada “abuela de la performance” asegura: “La diferencia (entre aquello que llamamos arte y lo que excluimos de la experiencia artística) es el contexto…Yo tengo este ejemplo, si vos sos panadero y hacés un pan maravilloso y se ve maravilloso, bueno, no puede ser considerado arte, porque lo hacés en el ámbito de la panadería pero si hacés ese pan en un museo sos Joseph Beuys. La diferencia es el contexto”. Aunque entrar en este debate sería para otro artículo, la particularidad de Ensayo Alcalino como obra performática está dada por desarrollarse en un museo y no en un taller de confección; pero también por la importancia que le dan al cuerpo que cose ese vestido para sí mismo y no para cualquier otro cuerpo, escapando a lo que sería la producción en serie donde los talles ya están hechos y uno tiene que encajar en alguno.
Asimismo, siguiendo con esta idea de la ropa acomodándose a nuestro cuerpo y de cruce entre la obra (de arte) y la prenda (real) agregaron el taller abierto “Maratón de costura”. “Siempre nos interesó que esa prenda se vea como un vestido real y no como ropa de vestuario. Que incorpore la obra a la vida cotidiana”, afirma su directora Daniela Camezzana. Por eso, además de la performance que realizaron el primer día, durante la semana siguiente armaron el taller abierto que consistió en una lista de pedidos del público para que, a partir de los retazos que les habían sobrado de los ensayos y la performance más los que traía la gente, confeccionaran cual modistas, vestidos, vestiditos para los pequeños y algunas chaquetas para los hombres. A cambio, pedían que mientras cosían les cebaran mate y así fueran parte de esa puesta en escena. “Los poníamos en esa situación de entrar al espacio y a eso que era la obra y así empezaron a ser parte como sin pensarlo; y los que no se animaban y quedaban a un costado veían toda la escena donde estaban los que esperaban por su vestido, los que charlaban con nosotras o nos cebaban mate, y nosotras que cosíamos”, cuenta Camezzana. Como cierre del taller, el último día hicieron una instalación con todas las prendas en el espacio y luego cada cual se llevó la suya.
De esta manera cerró el círculo de producción: de la tela al vestido puesto y en la calle. Ahora por la ciudad de La Plata podremos encontrar esos cuerpos vestidos por Ensayo Alcalino. Cuerpos transformados; y vestidos atravesados por la práctica particular de su confección que se irán completando con su uso.

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